domingo, 11 de diciembre de 2011

Época imperial

La educación romana en esta época se distingue de la anterior más por su organización que por su contenido; deja de ser un asunto particular y privado para convertirse en una educación pública. Esta transformación comienza en el siglo I a.C. con la creación de escuelas municipales.
En este periodo, en parte por la practicidad característica del romano, y también por la progresiva decadencia del espíritu, de los valores y de la cultura en general, se acentúa el recurso a los libros: aparecen los manuales y las introducciones,
En los últimos años del Imperio la concurrencia a las escuelas se hizo tan numerosa que hubo que hacer divisiones dentro de las clases, atendiéndose en ellas a la capacidad de los alumnos, su ritmo de trabajo, sus progresos, los temperamentos y su atención y aplicación. Los maestros debieron ayudarse entonces para el trabajo, tomando un asistente o bien encargando tareas de repetición a los alumnos adelantados.
La política escolar del Estado romano comienza con César, quien concede el derecho de ciudadanía a los maestros de las artes liberales, y sigue con Vespasiano en el siglo I d.C. quien libera de impuestos a los profesores de enseñanza media y superior, manteniéndoles este beneficio los emperadores siguientes. Vespasiano es el primero que crea cátedras oficiales de retórica latina y griega con sueldos anuales. Marco Aurelio creó después cátedras de filosofía también retribuidas por el estado. Trajano creó becas para los estudiantes, en forma de “instituciones alimenticias”.
Al mismo tiempo, los emperadores incitaban a las municipalidades a la creación de escuelas públicas las que se extendieron no sólo a Roma, sino también a todo el Imperio. Estas escuelas tenían por fin preparar a los funcionarios de una formación superior , y subsistieron durante todo el Imperio.
La organización de la enseñanza en la época imperial siguió siendo parecida a la época anterior con sus tres grados del literato, el gramático y el retórico; pero con un nuevo sentido imperial, de absorción y nacionalización de las regiones conquistadas. Se da la universalización de la cultura romana y en particular de la lengua latina y del derecho.
A medida que transcurre el tiempo, el Estado interviene cada vez más en la educación, y nos referimos ahora al nombramiento de los profesores. Desde la época de Marco Aurelio, se realizaba mediante un concurso público de antecedentes, medida reglamentada por Juliano el Apóstata en el 362, quien establece que ha de hacerse ante una junta de notables. Esto, siempre y cuando se tratara de cátedras con muchos aspirantes –generalmente por motivos de prestigio, o económicos–; pero a veces, la ciudad debía solicitar a Roma un profesor, sin mirar demasiado su idoneidad, que podía no ser entonces el criterio para el nombramiento, primando las influencias políticas. Más tarde, Juliano decreta que nadie puede ejercer la docencia a menos que sea aprobado por el consejo municipal y ratificado por el emperador, decisión vinculada con su política religiosa (quería con ello desterrar a los cristianos de las escuelas) pero que queda vigente hasta la llegada de Justiniano, que la da de baja por inútil.
En el año 425 Teodosio II organiza en Constantinopla un centro de altos estudios, cuyos profesores (tres rétores y diez gramáticos para las letras latinas, y cinco rétores y diez gramáticos para las letras griegas, un profesor de filosofía y dos de derecho) son exclusivos de dicha casa, no pudiendo dictar clases particulares. A medida que la cultura antigua se va perdiendo, en parte por el desgaste natural y en parte por el avance de los bárbaros, mayor énfasis se pone en su valoración y preservación.
Pero hay también un motivo práctico, utilitario, para que el Estado se interese por la educación: el aparato administrativo, la burocracia, reclaman una provisión cada vez mayor de funcionarios y empleados debidamente capacitados. Y la mejor capacitación es el viejo ideal del orador, tal cual lo concibiera Isócrates primero, retomado por Cicerón y Quintiliano después: aquél que piensa bien, habla bien y obra bien: todo lo demás, será cuestión de práctica. Sin embargo, una asignatura técnica se suma a esta formación: la estenografía, sistema de notación rápida (en latín y en griego) cuyo dominio otorgó amplias posibilidades: simples funcionarios, comisarios con poderes extraordinarios en representación de la autoridad imperial, secretarios privados… hasta la Iglesia se valía de ellos para registrar los sermones en las ceremonias litúrgicas. Una segura posibilidad de empleo. Y una modalidad de la educación que ya no guarda casi paralelo con la que fuera la tradicional educación romana.


He aquí un rethor con sus discípulos.

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